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  • Anuncio

    Amigos, les digo que si quieren ojear mi nuevo blog, la dirección es www.juanfranciscovilches.blogspot.com un abrazo a todos.

  • Más seriedad en el periodismo, por favor

    Una noticia ayer conmovió a muchos. Fue manejada por los medios de manera irresponsable. Que era verdad, que no era verdad, versiones contrapuestas, falsas fuentes. Los más exaltados: Anomalía, Arclight, Barón Sunday, Bizarro, Blaze, Brainiac, Cerebrus, Conducto, Cyborg II, Darkseid, Dominus, Doomsday, Erradicador (primera y tercera version), Juguetero, Lord Satanus, Masacre, Mongul, Morgan Edge, Mr Z., Parásito, Prankster, Riot, Sanguinario I, Sanguinario II, Silver Banshee, y, sobre todo, Lex Luthor.
    Lo que ocurrió fue lo siguiente:
    Un grupo de investigadores ingleses encontró en una mina de Serbia una piedra que respeta la misma composición química de la criptonita, el arma letal utilizada por los enemigos de Superman para despojarlo de sus poderes, aunque advirtieron que carece de cualquier poder similar. (www.weblog.com.ar)
    O sea, esta piedra carece del poder de debilitar a Superman. Otra vez será, muchachos.

  • Los Ladrones de Lapiceras

    Antes, haré una aclaración idiomática, para mis amigos no rioplatenses (bah, yo soy riosaladense): cuando me refiero a lapicera quiero decir “bolígrafo” o “birome”. Bien.

    La primera reacción ante un hecho que nos hace daño suele ser pensar en la confabulación planetaria. Esconde, esta acusación, una falta de autocrítica: yo no tengo la culpa, señor. Es la profesora de matemáticas, o la CIA, o los Sabios de Sión, o las mujeres, que están todas locas, o los hombres, aunque en realidad ya no hay hombres, o Dios, incluso. Nunca soy yo. Ahora bien: Decía un personaje de una novela de Ricardo Piglia: “¡Los paranoicos también tienen enemigos!”. No por remanida o burda una acusación es automáticamente falsa.
    Digo:
    Es imposible que haya perdido tantas lapiceras en mi vida. E indagado a otros compañeros –de trabajo, de estudio- y, excepto esos maricones que las cuidan con un esmero repugnante, a la mayoría le ocurre lo mismo: pierden las lapiceras. Ustedes, incluso: ¿a cuántas les han terminado la tinta? Seguramente a menos de las que quedaron en el camino. Y esto no es posible sin un agente externo. Y con agente externo me refiero, queridos amigos blogueros, a los Ladrones de Lapiceras.
    Están entre nosotros. Mucho más cerca de lo que suponemos. Tal vez sea nuestro íntimo amigo o nuestra esposa. Tal vez sean nuestros padres, nuestros hijos, nuestros hermanos. Por todas partes, los Ladrones, sigilosos, acechan. Algunos actúan por dinero, y otros, me imagino, con un fanatismo casi religioso. Roban las lapiceras y las acumulan en algún lugar secreto –una biblioteca que se da vuelta al tocar un libro de H.G. Wells y comunica a un depósito, quizás- para destruirlas o reciclarlas. Así, las empresas multinacionales siguen vendiendo a un ritmo que da vertiginosas ganancias. No es posible otra explicación.
    Noto, no sin estupor, que mientras escribía este post, me ha desaparecido otra lapicera.

  • Mentiras impunes

    Estoy cansado de las mentiras impunes. ¿Se acuerdan cuando nos decían que los compactos no se rayaban, que tenían el mejor sonido y hasta que eran irrompibles? Con el correr del tiempo hemos comprendido que se rayan, que no tienen el mejor sonido y que se rompen. ¿Y cuándo nos decían que por la capa de ozono íbamos a quedar quemados como los pollos que daban vueltas en el Gran Asador? Nos poníamos al sol a la una de la tarde cinco minutos, lo que tardábamos en ir al kiosko a comprar cigarros y teníamos miedo como si estuviéramos parados a una cuadra de la planta de Chernobyl. Es más: nos decían que nos íbamos a morir por la radiación solar antes de que nos rayara un disco compacto. Nadie se hace cargo. Nadie dice esta boca es mía, excepto Joaquín Sabina en un compacto que no puedo escuchar porque esta rayado. Yo escuché decir, lo juro, de gente seria porque no se comía las eses y tenía puesto saco y corbata, escuché decir que el edificio de Tribunales -por no decir palacio de tribunales, porque de palacio tiene poco- había gente seria que decía que el edificio de Tribunales se caía, pero ya se caía, el derrumbe era inminente, estaba inclinado como la torre de Pisa. Mentiras que nos comimos como un sánguche de milanesa después de correr los ocho kilómetros de la carrera de la amistad por el camino a la laguna en diciembre. ¿Y cuando iban a cambiar de lugar la estación de colectivos? Ni siquiera quedan colectivos. Háganse cargo de las mentiras. Hagan un mea culpa, sin mearnos a nosotros. Gracias.

  • Estadísticas

    Cada habitante produce en Junín un kilo diario de residuos. Eso es lo gracioso de las estadísticas. La única basura que produje el fin de semana fue tirar en el cesto de mi casa el envoltorio de una Tita. Tal vez una empresa tiró cien kilos de basura. Para las estadísticas, durante el fin de semana tiramos cincuenta kilos y medio envoltorio de Tita cada uno.

  • Cinco son los rabones

    Las deformaciones idiomáticas son graciosas. Ayer me compré en un kiosko una empanada de carne y una gaseosa de medio litro (que tenía la cara de Messi). Dos con cincuenta. Pago con cinco. El kioskero toma el dinero, y me da el vuelto. Dos pesos y una moneda de cincuenta. Hasta aquí bien. Ahora viene la frase: “Dos con cincuenta, y dos con cincuenta, ‘cinco son los rabones’”. Me quedo perplejo. Sin embargo, tomo el dinero y me voy, comiéndome la empanada y pensando en las deformaciones que sufre la lengua. “Cinco son los rabones” no tiene sentido. La frase es “sin cola son los rabones”, los perros rabones, que se llaman así porque tienen el rabo más corto o no tienen. La frase se utiliza cuando se cuentan, por ejemplo, cinco puntos en el truco, o cinco goles, o cinco pesos, “sin cola son los rabones”, pero no “cinco son los rabones”, que no tiene ningún sentido.
    Mi amigo A.B.C. me refería que le resultaba extraño que la gente, cuando terminaba de comer en un restaurante, le pidiera al mozo la cuenta o la adición, es decir, la suma. "Lo que realmente se está pidiendo es el resultado, no la cuenta ni la suma", me dijo. Tiene razón.

  • Los mejores inventos de la humanidad

    Top 3

    1 - La Rueda.

    2 - Mensajería Instantánea.

    3 - Chupetín a Bolita.

  • Sobre águilas y cibercafeteros

    Entré a un cibercafé de cuyo nombre no quiero acordarme y apenas me senté en una máquina, vi un dibujo de un par de águilas que tenían una mirada fija sobre mí. Una mirada de un solo ojo, de costado, como tienen las águilas y los egipcios. “Antiporn”, decía, y no había que ser Charles Dickens para darse cuenta que en inglés quería decir Antiporno. Es decir, la computadora me estaba avisando que tenía un programa para neutralizar las páginas con contenidos de sexo. Perfecto. La sorpresa comenzó cuando puse clarin.com. La página era pornográfica, y no pude abrirla. Imaginé a Ernestina Herrera de Noble desnuda y me dio cierto escalofrío. Luego, lanacion.com. También era pornográfica: tal vez Joaquín Morales Solá estuviera haciendo un streap tease en ese momento. Tampoco pude ingresar, y no me lamenté de perderme esa escena. Después, cuando quise entrar vía google a una página donde decía cómo cocinar un puchero de olla, y tampoco logré hacerlo, entendí que las águilas se habían pasado de rosca y veían, cual Paulino Tato, aquel censurador del Proceso Militar, pornografía por todas partes. Si ya es chocante que una persona mayor de edad no pueda mirar la página que le plazca ---incluso una donde hay sexo entre un monje tibetano y una mucama-, ¡cómo lo será no entrar en un diario conservador! En definitiva: pongan a las águilas cuando entra un menor, cibercafeteros. Aunque creo que hasta un menor está capacitado para ver las páginas de Clarin y La Nación. Ja. ("Ja": Risa en versión internet).

  • Saludo ineludible

    Hola amigos del ciberespacio. Este es mi blog, creado gracias a la asistencia de mi amigo Luis Tolosa. Tal vez por su apellido, tan castizo, lo hicimos en una página española. ¡Hermandad entre América y España! ¡Ni leyenda blanca ni leyenda negra! Bienvenidos al blog de Juan Francisco Vilches.

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