Estoy cansado de las mentiras impunes. ¿Se acuerdan cuando nos decían que los compactos no se rayaban, que tenían el mejor sonido y hasta que eran irrompibles? Con el correr del tiempo hemos comprendido que se rayan, que no tienen el mejor sonido y que se rompen. ¿Y cuándo nos decían que por la capa de ozono íbamos a quedar quemados como los pollos que daban vueltas en el Gran Asador? Nos poníamos al sol a la una de la tarde cinco minutos, lo que tardábamos en ir al kiosko a comprar cigarros y teníamos miedo como si estuviéramos parados a una cuadra de la planta de Chernobyl. Es más: nos decían que nos íbamos a morir por la radiación solar antes de que nos rayara un disco compacto. Nadie se hace cargo. Nadie dice esta boca es mía, excepto Joaquín Sabina en un compacto que no puedo escuchar porque esta rayado. Yo escuché decir, lo juro, de gente seria porque no se comía las eses y tenía puesto saco y corbata, escuché decir que el edificio de Tribunales -por no decir palacio de tribunales, porque de palacio tiene poco- había gente seria que decía que el edificio de Tribunales se caía, pero ya se caía, el derrumbe era inminente, estaba inclinado como la torre de Pisa. Mentiras que nos comimos como un sánguche de milanesa después de correr los ocho kilómetros de la carrera de la amistad por el camino a la laguna en diciembre. ¿Y cuando iban a cambiar de lugar la estación de colectivos? Ni siquiera quedan colectivos. Háganse cargo de las mentiras. Hagan un mea culpa, sin mearnos a nosotros. Gracias.