Antes, haré una aclaración idiomática, para mis amigos no rioplatenses (bah, yo soy riosaladense): cuando me refiero a lapicera quiero decir “bolígrafo” o “birome”. Bien.

La primera reacción ante un hecho que nos hace daño suele ser pensar en la confabulación planetaria. Esconde, esta acusación, una falta de autocrítica: yo no tengo la culpa, señor. Es la profesora de matemáticas, o la CIA, o los Sabios de Sión, o las mujeres, que están todas locas, o los hombres, aunque en realidad ya no hay hombres, o Dios, incluso. Nunca soy yo. Ahora bien: Decía un personaje de una novela de Ricardo Piglia: “¡Los paranoicos también tienen enemigos!”. No por remanida o burda una acusación es automáticamente falsa.
Digo:
Es imposible que haya perdido tantas lapiceras en mi vida. E indagado a otros compañeros –de trabajo, de estudio- y, excepto esos maricones que las cuidan con un esmero repugnante, a la mayoría le ocurre lo mismo: pierden las lapiceras. Ustedes, incluso: ¿a cuántas les han terminado la tinta? Seguramente a menos de las que quedaron en el camino. Y esto no es posible sin un agente externo. Y con agente externo me refiero, queridos amigos blogueros, a los Ladrones de Lapiceras.
Están entre nosotros. Mucho más cerca de lo que suponemos. Tal vez sea nuestro íntimo amigo o nuestra esposa. Tal vez sean nuestros padres, nuestros hijos, nuestros hermanos. Por todas partes, los Ladrones, sigilosos, acechan. Algunos actúan por dinero, y otros, me imagino, con un fanatismo casi religioso. Roban las lapiceras y las acumulan en algún lugar secreto –una biblioteca que se da vuelta al tocar un libro de H.G. Wells y comunica a un depósito, quizás- para destruirlas o reciclarlas. Así, las empresas multinacionales siguen vendiendo a un ritmo que da vertiginosas ganancias. No es posible otra explicación.
Noto, no sin estupor, que mientras escribía este post, me ha desaparecido otra lapicera.